La inevitable ruptura en Morena

Morena nació en el PRD, entró en contradicciones por las aspiraciones personales y las transformó en diferencias políticas, y rompió con su origen

POR RICARDO PASCOE

Viendo la descomposición interna de Morena en la actualidad, no sorprende que tenga gran semejanza con el desfiguro del PRD, pero a paso acelerado. Todos los procesos de conflictos, corrupción y personalismos en Morena están sucediendo más rápidamente que en el PRD. Lo que llama la atención es que les ocurre exactamente lo mismo.

Morena nació en el PRD, entró en contradicciones por las aspiraciones personales y las transformó en diferencias políticas, y rompió con su origen. Primero fueron las personalidades y después se acomodó el programa político. Porque la esencial similitud entre el PRD y Morena es que no surgieron de un programa político diferente a los existentes, sino que surgieron de liderazgos caudillescos que buscaban diferenciarse.

és vino el programa político. O, dicho de otra manera, el Líder era el programa. El Frente Democrático Nacional, integrado por el PMS, PPS, FCRN, Corriente Democrática del PRI, PMT, Movimiento al Socialismo, Asociación Cívica Nacional Revolucionaria, UNIR, entre otros, se unieron, no ideológicamente sino políticamente, en torno a la figura de Cuauhtémoc Cárdenas y una añoranza compartida de “volver a los buenos tiempos” de México.

Ese conglomerado de partidos nunca tuvo una visión ideológica común, sino que compartieron una plataforma política de causas comunes, como democracia, elecciones libres, igualdad. Pero fuera de eso, no estaban unidos ideológicamente. Lo único que les unía era el liderazgo de Cárdenas. Por eso le decían que era el Tlatoani. Estaba por encima de todas las diferencias ideológicas de los integrantes del nuevo partido, el PRD.

El Líder era el programa, no una propuesta ideológica. Después de Líder, les unía la sumatoria de causas, pero debajo de todo esas parafernalia, subsistían grandes diferencias.

La primera gran diferencia era la relación entre el capital y el trabajo. Unos apoyaban al capital y otros al trabajo, expresando así una diferencia ideológica sin solución. Otra diferencia era la relación con el poder: unos favorecían la negociación, otros abogaban por la confrontación con el sistema. Una tercera diferencia era que unos consideraban que estaban luchando por acceder a espacios de poder, mientras otros mantenían que la destrucción del Estado burgués era el verdadero propósito del movimiento.

El PRD resultó ser el producto de la confluencia de sectores sociales y políticos inconformes con la situación en el país, especialmente por la inequidad electoral. Pero en realidad, fuera de la búsqueda de más espacios electorales y posiciones políticas, tenían muy poco en común. Por lo pronto, en términos ideológicos poco lo unía, excepto la cohesión que les daba el Tlatoani.

Por tanto, el PRD creó una cultura política interna que tenía una regla básica: les unía la cohesión alrededor de lo que dijera el Líder, el Tlatoani y, finalmente, el Líder Moral, cuando ya no era el Líder Real. Sus diferencias ideológicas eran reales, pero la apuesta del poder era suficiente incentivo para ocultar sus verdaderas, y profundas, diferencias ideológicas. La plataforma seguía siendo la de elecciones libres, democracia e igualdad. ¿Quién podría estar en contra de eso?

Después de su tercera derrota en una campaña presidencial, Cárdenas fue silenciosamente desplazado del papel de Líder al del Líder Moral. Andrés Manuel López Obrador desplazó a Cárdenas y ocupó su lugar de Líder Real, aunque nunca fue, ni será, un Líder Moral. AMLO es un Líder Real. Logró ese cambio de liderazgo al convertirse en jefe de Gobierno de la Ciudad de México, después de haber logrado un acuerdo político secreto con el Presidente Ernesto Zedillo.

Con AMLO, empezó la segunda era de un partido político cuya razón de ser era seguir al Líder, y, por tanto, convertir al Líder en el programa político del partido. El PRD pasó de ser el partido de Cárdenas a ser el partido de López Obrador. En ambos casos, el programa vino después de la asunción y coronación del Líder.

La elección del 2006 convirtió a AMLO en un cruzado. Obligó al partido a creer en una mentira (que él había ganado la elección) y a crear un mito: el del Líder despojado. En la mente de los perredistas estaba la idea del fraude de 1988, donde supuestamente habría ganado Cárdenas, no Salinas.

Pero el verdadero agraviado y despojado ahora era López Obrador. La misión histórica del PRD era enderezar y corregir esa maldad política urdida por fuerzas malignas. Había que dejar atrás la historia de Cárdenas. Ahora la verdadera hazaña del PRD empezó en el 2006, no en el 1988.

Incluso, para liquidar esa etapa de la historia, el autor del fraude del 1988, Manuel Bartlett, fue ungido como otro héroe de la “izquierda mexicana”, convirtiendo la elección de Cárdenas en una historia menor del pasado. Indirectamente, AMLO quiso seguir disminuyendo la influencia de Cárdenas, asegurando su control sobre el partido y su narrativa.

Por encima de todas las consideraciones, el propósito de AMLO era afianzar su papel como Líder del partido y, por tanto, portador de su programa. Pero había un problema. Al estar en el papel de gobernante, tanto en la Ciudad de México, como de varias gubernaturas y con una fuerza de diputados y senadores, el PRD estaba chocando internamente con lecturas ideológicamente encontradas, impuestas por la realidad.

El programa político “democrático” ya no era suficiente para ocultar sus diferencias. Y el poder tenía un efecto corruptor potente. Los negocios personales empezaron con fuerza. El gobierno de la Ciudad de México generó decenas de nuevos ricos, dueños de predios y edificios expropiados y regalados entre integrantes de las corrientes que componían su estructura funcional.

La idea de que había “moderados” y “radicales” en el PRD se hizo patente. Negocios iban y venían, al igual que las alianzas políticas entre grupos corporativos sociales, elementos del sector privado y los bienes raíces, y actores de la criminalidad.

Cuando AMLO rompe con el PRD y forma Morena, es bajo exactamente el mismo modelo de partido. Ahora es el Líder y puede decir, con certeza, que es el único Tlatoani. No hay más Cárdenas. Él es el Líder y el programa. Pero con el mismo virus implantado en su seno: la obediencia absoluta al Líder es porque en realidad no hay una concepción ideológica compartida.

Y lo que comprueba Morena hoy es que una vez hecho a un lado el Líder, el partido sin programa no sabe qué hacer ni cómo conducirse, porque el cemento unificador-el Líder-se deshace y no hay sustituto a la vista. Y en un partido tan machista y misógino, una mujer nunca va a ser Líder. Acaso administradora de los bienes ajenos, pero ni siquiera como propios.

Morena es un partido que se va a destruir internamente porque aún juntos, no coinciden en cómo enfrentar la crisis del país, ante los negocios turbios de todos sus líderes (en letras minúsculas) y menos ante los compromisos adquiridos con el crimen organizado, que todos ellos conocen perfectamente bien y en la relación con Estados Unidos. El dinero fluye a raudales entre sus manos.

Son torpes con el dinero recién adquirido, como lo fueron en su momento René Bejarano y Carlos Imaz, los dos precursores de la corrupción a mansalva en las filas de la “izquierda mexicana”. En ese entonces eran dos o tres. Hoy son miles en las filas del “progresismo” los que hacen negocios a partir del poder, y se enriquecen sin sonrojarse, pensando que es un derecho adquirido.

Ya no los podrá unir la autoridad política del Tlatoani, porque él está ocupado viendo cómo se salva, y cómo salva a su familia. Y las dos mujeres que hacen cabeza del movimiento no gozan de la autoridad política ni moral para imponer, con su voz, el nuevo orden. Menos a un movimiento basado en un Tlatoani, no en una ideología. Menos aún a un partido regido por hombres acostumbrados, como el mismo Tlatoani, a usar a las mujeres como cortina de humo para lograr sus propios objetivos.

Por estas razones, conceptos como el bonapartismo o el cesarismo no parecen ser aplicables en el caso de México actualmente, por la precariedad e inestabilidad del régimen que sostiene al país en este momento. Más bien, parecería que estamos en una etapa transicional en la batalla entre una democracia frágil y subdesarrollada o un régimen de un Estado subordinado al exterior, con visos de dominio autoritario, pero todo dentro de un marco de inestabilidad permanente.

El problema es que la descomposición acelerada de Morena llevará al país a una crisis mayor. Lo cierto es que México, en estas condiciones, es muy vulnerable a las presiones del exterior. Y dada la precaria situación de las finanzas públicas, aunado a la presión de la criminalidad rampante en el territorio nacional, puede anticiparse una crisis política tipo huracán nivel 5 en México. Con un desenlace de pronóstico reservado y un trayecto de mucha turbulencia.

COLABORADOR
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